Racismo, propaganda y muerte
Durante la Guerra Civil Española, la figura del soldado indígena —especialmente los marroquíes alistados en el ejército sublevado— fue construida desde una mirada colonial que combinaba fascinación, miedo y desprecio. Su imagen osciló entre la exaltación heroica y la deshumanización más extrema: guerreros útiles en el campo de batalla, pero siempre concebidos como una alteridad radical, inasimilable y subordinada.
La propaganda de ambos bandos explotó esta figura de manera ambivalente. Desde el franquismo, el soldado marroquí fue presentado como un combatiente feroz y valiente, dotado de una supuesta inclinación natural hacia la guerra. Se le atribuían rasgos hipermasculinos y una mística casi primitiva, reforzando una imagen exótica y violenta que lo situaba más cerca del mito que de la ciudadanía. Esta representación, heredera directa del imaginario africanista, lo integraba en el ejército como instrumento, pero le negaba cualquier reconocimiento político o humano.


La propaganda republicana, por su parte, utilizó esa misma imagen exótica para invertir su significado. El “moro” fue convertido en símbolo de barbarie y amenaza externa: un extranjero salvaje al servicio del fascismo. Caricaturas y carteles lo representaron de forma animalizada, reforzando el terror colectivo y fijando su presencia en la memoria social como encarnación de la violencia sin rostro del enemigo.

Esta imagen racista y brutal aparece también en la literatura de guerra. En el poema Lamentación, J. Gil Albert introduce una mirada ambigua que, aunque no rompe del todo con el imaginario de la barbarie, sí denuncia la tragedia colonial que atraviesa a estos combatientes. El poeta se lamenta:
“Por los muchachos moros que, engañados, han caído ante Madrid.
[…]
Nadie dará sus nombres ignorados,
nadie pondrá al recuerdo cinta blanca,
solo en común recibiente el desprecio
sobre la nada de su muerte impura.”
Aquí, los soldados indígenas aparecen como cuerpos anónimos, desechables, privados incluso del derecho a una memoria digna. Gil Albert subraya el engaño al que fueron sometidos, especialmente a través de la religión, desmontando la promesa de una “guerra santa” que solo conduce a la muerte:
“No habrá ese paraíso que os pregonan
bajo palmas en brazos de la amada.
[…]
Solo la muerte impera y os aguarda,
con el supremo engaño irrevocable.”
Sin embargo, el poema no escapa del todo a los estereotipos raciales. En otros versos, el soldado moro es descrito como feroz y sanguinario, reproduciendo la imagen violenta que circulaba en la propaganda republicana:
“Ya sé que la barbarie y vuestra furia
latiendo están su perro rencoroso,
que colocáis alegres las cabezas,
goteantes de horror sobre cuchillos.”
Esta tensión entre compasión y deshumanización refleja bien la ambivalencia con la que fueron percibidos los combatientes indígenas: víctimas del colonialismo y, al mismo tiempo, figuras sobre las que se proyectaba el horror de la guerra.
Más allá del discurso propagandístico, el uso de soldados indígenas como tropas de vanguardia respondió a una cultura militar profundamente marcada por el africanismo. En este imaginario, la muerte como honor, el sacrificio heroico y la promesa de inmortalidad simbólica constituían valores centrales. El culto a la cicatriz, la glorificación del cuerpo mutilado y la exaltación estética de la violencia consolidaron una forma de entender la guerra en la que la pérdida de vidas, era normalizada y celebrada.

Fuente: Millán Astray arengando a las tropas (1926). Ros, B. (2009). Frontera África (1918 – 1934). La Fábrica Editorial.

Fuente: BNE.
Millán Astray fue uno de los principales exponentes del culto a la cicatriz en el africanismo, tanto por la visibilidad de sus heridas como por la carga simbólica que estas adquirieron a lo largo de su carrera militar. En la imagen de la derecha se puede observar cómo la caída de la manga izquierda del uniforme deja entrever la ausencia del brazo, resultado de heridas de guerra. Una condición que él mismo exhibía con orgullo como símbolo de entrega y sacrificio militar.
En este sentido, los uniformes de los Regulares incorporaron la estética establecida por el “glorioso mutilado” en la uniformidad de la Legión:
“Como distintivos singulares llevan los legionarios en la manga izquierda: los de herido, que
Millán Astray, J. (1922)
son cintas de oro en ángulo, una por herida […] como estímulo y premio”
Aunque no podemos afirmar con certeza si dichas cintas eran efectivamente de oro en el uniforme de la Legión, sí es posible observar cómo los Regulares adoptaron esta estética en sus propias vestimentas, influenciados por el imaginario africanista.

cada herida. Fuente: Ros, B. (2009). Frontera África (1918 – 1934). La Fábrica Editorial.
Adicionalmente, se construyó un discurso heroico en torno a la valentía del combatiente indígena. El propio Francisco Franco manifestó en una ocasión:
“Vuestra madre os parió tan valientes… cuando acabe la contienda, a los mutilados
les daré un bastón de oro”.
Sin embargo, esta promesa nunca se cumplió, no había suficiente oro para tanto tullido.
En su lugar, a muchos veteranos heridos se les entregaron bastones de madera, como fue el caso de M. Tahar, quien fue condecorado con dicho bastón por sus heridas sufridas en la batalla de Teruel. En una entrevista de 1995, Tahar recordaba:
“Luché durante la guerra civil siempre adelante: en el sitio de la muerte”
Testimonio oral en: Sánchez Ruano, F. (2004).
Muchos veteranos regresaron heridos, mutilados y olvidados, condecorados de forma simbólica pero abandonados materialmente. La violencia, el exotismo y el culto a la muerte que habían definido su imagen durante la guerra no se tradujeron en reconocimiento real, sino en una memoria rota y profundamente desigual.
En definitiva, la figura del soldado indígena durante la Guerra Civil fue el resultado de una construcción simbólica que combinó racismo, propaganda y una estética de la muerte heroica. Una imagen que sirvió para justificar la violencia y movilizar a la retaguardia, pero que ocultó sistemáticamente la experiencia humana de quienes, desde una posición colonial, fueron empujados a luchar y morir en una guerra ajena.
Nota de enfoque: una aclaración necesaria.
Conviene subrayar que la intención de este artículo no es, en ningún caso, realizar un lavado de cara de las actuaciones de las tropas indígenas ni del bando sublevado durante la Guerra Civil Española. Nada más lejos de la realidad. Las violencias cometidas —documentadas y sufridas por la población civil— forman parte inseparable del conflicto y no se relativizan ni se excusan en estas líneas.
El objetivo es otro: poner el foco en una dimensión racial y colonial sistemáticamente silenciada por la historiografía tradicional. La organización, utilización y representación de los combatientes indígenas respondieron a una lógica supremacista y colonial que atravesó a ambos bandos, aunque su presencia fuera más numerosa y visible en el ejército sublevado. En los dos casos, los soldados indígenas fueron concebidos como cuerpos disponibles, subordinados y funcionales a un proyecto político que no les pertenecía.
Analizar esta realidad no implica absolver responsabilidades, sino desplazar la mirada hacia las estructuras de poder que hicieron posible esa violencia: el racismo, la jerarquía colonial y la instrumentalización de sujetos considerados prescindibles. Solo desde este enfoque es posible comprender por qué estos combatientes fueron exaltados como símbolos guerreros y, al mismo tiempo, negados como sujetos históricos, condenados a una memoria fragmentada y marginal.
Bibliografía:
- Bolorinos Allard, E. (2016–2017). Masculinidad, identidad guerrera y la imagen del regular marroquí
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26-33. - Gil-Albert, J. (2018). Lamentaciones. En Poetas en la España leal (Ed. original 1937). Sevilla:
Editorial Renacimiento. - Macías Fernández, D. (2019). Franco “nació en África”: Los africanistas y las campañas de Marruecos, (pp. 253–258). Tecnos
- Sánchez Ruano, F. (2004). Islam y Guerra Civil Española. Moros con Franco y con la República (p. 239). La esfera de los libros





